Schweblin: tratado de la culpa y la tragedia

Por Carlos Jáuregui

“Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo.”

Séneca

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) dentro de El buen mal –su última publicación– no solo afianza méritos propios como los premios National Book Award y Narrativa Breve Ribera del Duero, sino a la par, confirma el buen momento del actual boom de plumas argentinas como Mariana Enríquez, Leila Guerrero, Ariana Harwicz y María Gainza, entre otras.  

Schweblin, a través de seis relatos breves y bien escritos que entremezclan la cotidianeidad y los avernos internos, hace una multifacética exploración de la culpa y de lo que conlleva el sortear la tragedia: una madre, una hermana, una hija, una esposa y una compañera de cuarto se confiesan ante el lector gritando desde un silencio envestido de memoria. Cada una de sus protagonistas, todas ellas vulnerables y terriblemente humanas, deambulan en la pasividad femenina y en la nimiedad de la vida, pero cargando culpas, quebrantos e insatisfacciones que detonan en un perenne estado fragmentario común.

“–Así es el hombre con el que me casé –dijo Denyse–. Te parece un héroe al principio, un ingenuo diez años después, un necio a los veinte, y luego ya es demasiado tarde para separarse.”

“Lo raro siempre es lo cierto”, advierte el prólogo de la obra, y es que la autora insiste en astillar el mundo interno de quienes habitan bajo relaciones aparentemente perfectas, parajes aburridos, visitas familiares y días intrascendentes. Desde obras anteriores –como en Siete casas vacías– la argentina ya acentuaba esta búsqueda por detonar a las voces profundas que corrompen y destrozan por dentro.

El bien mal, a manera de oxímoron dentro del título, parece referir, más que al superlativo, al estado binario que guarda el humano: el estar mal que acompaña al estar bien y viceversa. La calma aparente lleva siempre una tormenta o un lado oscuro; toda luz implica algo de sombra, y esto es lo que Schweblin desmenuza, casi siempre evocándolo desde la nostalgia. Nuestros recuerdos difícilmente no vienen acompañados de un sentimiento, bien lo sabe la argentina:

“No hay más fotos juntas después de esa. A veces me quedo estudiándola, y en la foto mi yo del pasado sigue contemplando a mi hermana de una forma que me recuerda que hubo un tiempo en el que toda mi felicidad dependía de su mirada y de su humor, un tiempo en el que la hubiera seguido adonde fuera con tal de que cada tanto me chistara o, milagrosamente, me llamara de pronto por mi nombre.”

Aun cuando la argentina se apega a navegar bajo aparentes lugares y anécdotas comunes, el rango de introspección es muy alto y el cuestionamiento, es profundo:

“Cuando entendió que su hija no volvería, saco un crédito para un departamento que nunca terminó de convencerla, pero que prometía atarla a la responsabilidad vital de trabajar hasta el último día de su vida. Porque en ese entonces pensaba: Si no es así como la gente se aferra a la vida, ¿cómo siguen adelante?”

Schweblin utiliza una narrativa desde la primera persona (excepto en el último relato), formando en su mayoría un vínculo íntimo con el lector; el texto es ágil, de narración sencilla y con un tono grave que anticipa el golpe; con finales cerrados, el discurso es lineal apoyándose en analepsis y recuerdos que estructuran el discurso narrativo. El presente nos habla desde la memoria, claro y latente, a modo de confesión. Los animales que habitan en los relatos fungen como tótems o símbolos intencionales bajo los cuales los personajes doblegan su identidad: en la fragilidad del conejo, en el misticismo del gato y en el entumecimiento del caballo.  

Bienvenida a la comunidad, su relato inicial, asienta el tono de la obra: una mujer “normal” y quien aparentemente lo tiene todo, decide una mañana de un día cualquiera quitarse la vida. El intento fallido de suicido aparentemente queda confinado a un simple desliz, a un arranque por romper el hastío y listo, la vida sigue… hasta que descubre que su vecino la ha visto y nada jamás será igual, después de romper con el orden natural, el dolor y la culpa serán ahora el motor de su existencia. 

El ojo en la garganta, para nosotros el relato mejor logrado y contado a partir del hijo protagonista, narra el trágico accidente sufrido apenas a los dos años que lo condiciona para siempre a una vida en silencio y a lidiar con la transmutación de la culpa entre los padres. Un hecho tan intrascendente y común como el descuidar al menor, rompe la normalidad y el cuadro de familia, desatando una vida entera de cargas y de actos que no alcanzan un perdón. A partir de un insólito suceso en un viaje en carretera, el padre comienza a recibir llamadas a la medianoche en donde el interlocutor solo permanece en silencio y cuelga. El elemento paranormal (con guiños a Black phone, novela de Joe Hill) que resuelve el relato importa poco bajo la exploración microscópica que hace Schweblin de la corrosión de la dinámica familiar frente a la tragedia; el lenguaje a señas no les alcanza, los silencios castigan y el constante recordatorio visible en la garganta del hijo plantea la comunicación inalcanzable entre padre e hijo.

Dentro de Un animal fabuloso, la muerte y la culpa vuelven a ser exploradas mediante un relato con un poco de asomo a aquel gran cuento de J.D. Sallinger (“Teddy”). Aquí, la memoria de un trágico accidente regresa a partir de una llamada recibida por Leila, quien tuvo la mala fortuna de estar presente durante el hecho; de ahí, todo aquello que vivía oculto bajo el barro y bajo el velo de recuerdo, emerge a la superficie. Entonces la tragedia de otros se vuelve propia: la madre obsesionada con la tragedia llama una y otra vez para revivir el recuerdo y para cuestionar las circunstancias. Leila valora qué decir y qué guardarse ante el testimonio. ¿Qué la libera y qué la hunde?, ¿cómo medir el peso de las palabras? Schweblin nos arrastra a la aflicción de la protagonista y reutiliza a un animal como tótem (un formidable caballo) para hacer lo que ya es imposible dentro del mundo de los humanos: descargar su culpa.    

Dentro de El bien mal, todavía más que en el resto de sus otras obras, Schweblin explora de forma muy profunda el andamiaje de las relaciones humanas: en su interacción, su nostalgia, su memoria y sus esqueletos, que de vez en cuando salen para conversar, destrozando la normalidad y la calma. Y este es precisamente el ejercicio que propone la argentina, aventarnos de frente a situaciones comunes que vienen a rasgar la “normalidad”; bien decía García Márquez que “no existe un lugar en el mundo donde uno esté a salvo de la tragedia” y los relatos de Schweblin la abordan desde todos los ángulos.

La tragedia, lo insólito, la culpa, la disrupción y los fantasmas del pasado, cohabitan con los personajes y con todos nosotros; están presentes, acechando y esperando un momento para resurgir mediante una llamada, una fotografía, una visita inesperada o un recuerdo. Schweblin es una experta en navegar entre historias a la par inquietantes y comunes.   

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