La valía de un Nobel de Literatura

Por Carlos Jáuregui

“La grandeza no es igual que la popularidad. De hecho, podría ser lo contrario. Los grandes libros muchas veces no son los libros que lees por placer”. (A. O. Scott)

La entrega del premio Nobel de Literatura siempre ha tenido sus matices, a lo largo de la historia, nunca ha estado exento de sospechas, ataques y detractores. Es de esperarse cuando el reconocimiento recae en la voluntad de solo 18 miembros de una misma nacionalidad, que deciden año con año a quien condecorar. Desde su creación, la organización ha sorteado fuertes ataques de sospecha de sesgo respecto a sus elegidos: demasiados autores blancos, europeos, hombres, autores de culto.

El contraargumento usual ha sido que la Academia “no galardona grandes libros, sino grandes autores”, lo cual nos deja en la misma posición de sospecha: ¿entonces se considera el volumen de obra, el impacto en las masas, la originalidad en el estilo, la personalidad e influencia del autor? Imposible mantener una sola línea o graduación cuando todo el mundo intenta meter mano y opinar al respecto.

¿Tiene hoy la misma importancia el Nobel en Literatura que antes?

El controversial año 2016 en donde la Academia Sueca pasó de largo la enorme oportunidad de laurear en vida al norteamericano Philip Roth (autor de culto y masas, con más de 30 novelas y receptor de prácticamente todos los reconocimientos literarios, inclusive ganándolos dos o tres veces) para entregar el premio al extrañado Bob Dylan, hace pensar si los miembros del Comité han empezado a soltar su ampulosa línea de élite para salvar seguidores y nombre. Varios galardonados en la última década llevan la carga no de inmerecidos, sino de sospechosos.

Pero enigmas y teorías conspiratorias de lado, la lista de los laureados del Nobel al menos siempre garantizará una buena lectura. Personalmente Fosse no me convenció, pero Krasznahorkai y Kang compensaron. 

Confieso que no había leído nada de Abdulrazak Gurnah (ganador en el 2021) con anterioridad, pero había recibido muy buenos comentarios, específicamente de su libro La vida, después. Gurnah (nacido en Zanzíbar en 1948, de origen yemení) cuyo primer idioma es el suajili, escribe con una fuerte carga de auto-ficción, desde la óptica del alienado, rememorando un recorrido vital propio con una prosa sencilla y una temática de constante búsqueda de identidad en sus personajes –entendible en su condición de africano exiliado–. 

Theft en su idioma original y el cual sin llegar a entenderse el por qué se tradujo al español –cual vil largometraje– como Un largo camino” narra la historia de tres jóvenes (Badar, Karim y Fauzia) cuyas vidas al este de África se entrelazan desde la adolescencia hasta la edad adulta. Bajo una narración lineal y omnisciente, pero intercambiando el foco hacia cada uno de los personajes, el autor narra con una carga vital los retos de estos tres personajes que, bajo sus propias condiciones, se limitan al sobrevivir a los tiempos cambiantes de los años 90s, bajo las secuelas de la revolución y los regímenes autoritarios. Se agradece que en Theft la violencia del conflicto histórico pase a un segundo plano y no se perciba, opacada por el drama familiar que ya es suficiente; es un respiro a la actual tendencia victimista e insistente de la narrativa. La lectura es sencilla y el único punto a considerar que le pondríamos al texto de Gurnah es la resolución; luego de extenderse de forma tan completa en el desarrollo de personajes, se lee algo apurado el cierre.

Theft se resume en un velado triángulo amoroso que pareciera no clausurarse; los tres personajes se conocen desde los once años, pero será a lo largo de dos décadas que sus vidas se reacomoden y rompan. La historia es muy humana y los personajes de Gurnah son tan imperfectos, al grado de causar encono al lector por verlos actuar de manera tan real, pasiva y en contraria a su voluntad. Gurnah dibuja elocuentemente una sociedad que pareciera de otros tiempos –incluso siendo África, a inicios de los 90s–, en donde el destino y el pasado delimita los caminos de vida. Mientras las grandes ciudades (Zanzíbar y Dar es Salaam) se van abriendo al turismo y a la tecnología, su sociedad parece estancada en valores y creencias retrógradas, en donde ser mujer soltera es un mal augurio y en donde la máxima del éxito es tener un hijo médico.  

Theft, no es una novela histórica ni política, sino una historia de amor con una trama universal: una novela romántica y de crecimiento o “coming of age”. Los tres personajes principales constantemente se debaten entre el deber ser, la escalera social y la avasallante presión social y religiosa que, como en todo país creyente, más que ayudar, obstaculiza (por algo la revista norteamericana Science Advances, afirmó que el enriquecimiento de los países va de la mano a su secularización; cuanto más desciende el índice de religiosidad, más aumenta el PIB).

El común denominador a lo largo de Theft, es la familia y los pecados pasados que los persiguen. Badar, sin siquiera conocer a su legítimo padre, está marcado de por vida debido a su padre ladrón, lo que condena al adolescente a pagar deudas sociales y terminar de sirviente en casa de Karim, quien, por sus propios fantasmas, lo adopta como hermano menor. Karim, desconociendo su pasado, lo formará como hombre de bien, lo llevará a vivir con él a la ciudad y lo acompañará hasta que Fauzia –esposa de Karim– entra en la ecuación.

De ahí, los tres parecen ser arrastrados por una fuerza invisible y empujados por un determinismo cultural insalvable que les impide la redención. Entonces la historia se torna universal y común (el propósito de vida, la identidad propia y el tedio emergen en sus vidas): Fauzia está estancada en un matrimonio monótono y con depresión postparto; Karim sufre una crisis existencial al momento en que crece en el mundo laboral y una coqueta británica irrumpe en escena; Badar está cansado de que la gente le pase por encima: 

“Estaba harto de esperar pacientemente, de estar a merced de accidentes y del destino, de ser tratado de inocente e ignorante; de estar al pendiente y al llamado de las necesidades de otros, de ver el mundo a través de una computadora. Quería poder viajar con propiedad, poder tener sus bolsos llenos, tener su potencial a la vista de todos, poder decir lo que quisiera. En cambio, pasaría otra noche en un catre dentro de una oficina, cubierto por una manta que resistiera a los mosquitos”.

Dentro de la narración de Gurnah, aún con tanto material, nos es difícil encontrar un antagonista o villano (entre tradición que funciona a modo de maldición más que valor, padres que chantajean a sus hijos, infinidad de descendencia no deseada, mujeres abandonadas y traiciones al por mayor), el autor simplemente refiere a lo que es vivir –estamos arraigados a nuestro entorno–: los personajes no superan el resquemor de haber sido un protectorado británico por tanto tiempo, su condición de “sirvientes”, su falta de movimiento social y su circunstancia. Todos actúan conforme a su supervivencia, sin resolver su pasado y traumas.

Badar, el personaje central más desarrollado, gravita a lo largo de su vida entre la escasez, el tedio y la resiliencia, bajo su condición de paria, cumpliendo cabalmente con lo que se le pide y evitando responder a todos aquellos que le pasan por encima. En el episodio más determinante –su rompimiento con Karim–, muestra lo que finalmente representa la madurez:

“Badar se levantó nuevamente e hizo una breve pausa en la puerta del departamento por un instante, como si fuera a enunciar algo, pero sin decir una palabra. Salió antes de que Karim pudiera reprenderlo nuevamente. Después pensó, he aprendido a resistir”.

Lo verdaderamente valioso de la obra, son estos momentos e imágenes que Gurnah –ya que el autor emigró de muy joven al Reino Unido– plasma a lo largo del relato, los cuales son un evidente recuerdo que atesora en su memoria y que nos dan un respiro en las tragedias que están por acaecer: las conversaciones amistosas entre Badar y Juma, el anciano jardinero de la casa donde trabaja como sirviente –y personaje guía muy del estilo de Attticus Finch de “Matar a un ruiseñor”–, su descripción de la parte rural, la delicada apreciación de artefactos simples pero preciosos (tan inalcanzables como un viejo radio o una larga tarde), son cosa aparte:

“Recordó, pero no le mencionó que Thabit tenía un radio transistor Sony que su hijo había encontrado en la basura de un barco carguero que había llegado y descargaba en el puerto; o eso había contado. Nadie en realidad creía esa historia, que alguien hubiera tirado un radio a la basura. Thabit no permitía a nadie tocara su radio, pero accedía de buena gana a encenderlo y a dejar que la gente se reuniera a escuchar las noticias o los resultados del futbol, y siempre lo encendía cuando alguien lo solicitaba”.

Gurnah emplea a Badar para ilustrar el alto costo y el significado de romper los patrones de una sociedad apremiantemente conservadora, prejuiciosa y atávica (desde la identidad hasta el enamoramiento y la pérdida), en un recorrido cuyo principal motor es el encontrar tu lugar en el mundo.

“Ella con el tiempo dejó de limpiar sus lágrimas a la par que él crecía, y le dijo que debía cargar con el lastre de la vida sin quejarse. Eso era lo que todo el mundo debía hacer…  él solo sabía que su padre no era su padre, y que le temía. Pero todos los niños temen a sus padres y él no sabía si su miedo era distinto al de los otros”.

Gurnah cumple cabalmente la promesa de llegar al destino esperado y cerrar el círculo; sin ser sorpresivo, pero tampoco monótono, y luego de tanto, da un respiro de esperanza aun cuando no existe una redención per se y la historia de los personajes se repite:

“Con pesar se dijo a sí mismo: una vez sirviente, siempre un sirviente. Pero él ya no se sentía así. Empezó a sentir que, de cierto modo, pertenecía ahí, con ellos”.

EL ÚLTIMO LOBO: UN LIBRO ACCESIBLE DE LÁSZLÓ KIENSABEQUÉ

Por Alejandro Espinosa Fuentes

Muchos conocimos la obra de László Krasznahorkai precisamente por ser ese constante candidato al Premio Nobel de Literatura y por su nombre impronunciable. Siempre decían: “Lo va a ganar el húngaro ése”, o “el Krasznaalgo se lo va a llevar este año”. Había otros que lo conocían por las adaptaciones que había hecho el cineasta Béla Tarr de su primera novela, Tango satánico (1985) y Melancolía de la resistencia (1989). Pero si bien muy pocos habían resistido los 450 minutos (unas siete horas y media) que duraba la película de Béla Tarr, muchos menos habían leído la novela en la que estaba inspirada.

No puedo mentir al respecto: Krasznahorkai es un autor complicado. Su obra se vuelve más inaccesible si consideramos que la publica en español la editorial El Acantilado, donde cualquiera de sus libros cuesta más de 600 pesos. El precio se refleja en la apuesta editorial; tengamos en cuenta que la lengua húngara pertenece a una familia lingüística única y es endemoniadamente difícil de aprender y de traducir. Sin embargo, algo están haciendo bien los escritores húngaros y sus traductores (ya que no creo que ningún miembro de la Academia Sueca hable con fluidez el húngaro), pues han ganado ya dos premios Nobel en el siglo XXI, el primero otorgado en el año 2002 al genial autor de Fiasco, Imre Kertész.

El mérito se consolida si tenemos en cuenta que una lengua potente y de mayor acceso como la italiana no ha ganado ningún Nobel en lo que va del siglo (y ahí está Claudio Magris esperando), tampoco la portuguesa (pero vayan leyendo a António Lobo Antunes porque, si vive lo suficiente, no tardará en ser anunciado como ganador).

Cómo se extrañan esas antiguas colecciones de Aguilar y de Orbis en las que publicaban, en buenas ediciones y a módicos precios, en tirajes milenarios, las obras principales de los autores galardonados con el Nobel. Sin embargo, desde 1985 dejaron de aparecer y los lectores han tenido que diezmar sus quincenas y escarbar dolosamente en su bolsillo para poder costearse alguno de los libros premiados por el Nobel publicados por editoriales independientes.

Continuar leyendo «EL ÚLTIMO LOBO: UN LIBRO ACCESIBLE DE LÁSZLÓ KIENSABEQUÉ»

Schweblin: tratado de la culpa y la tragedia

Por Carlos Jáuregui

“Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo.”

Séneca

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) dentro de El buen mal –su última publicación– no solo afianza méritos propios como los premios National Book Award y Narrativa Breve Ribera del Duero, sino a la par, confirma el buen momento del actual boom de plumas argentinas como Mariana Enríquez, Leila Guerrero, Ariana Harwicz y María Gainza, entre otras.  

Schweblin, a través de seis relatos breves y bien escritos que entremezclan la cotidianeidad y los avernos internos, hace una multifacética exploración de la culpa y de lo que conlleva el sortear la tragedia: una madre, una hermana, una hija, una esposa y una compañera de cuarto se confiesan ante el lector gritando desde un silencio envestido de memoria. Cada una de sus protagonistas, todas ellas vulnerables y terriblemente humanas, deambulan en la pasividad femenina y en la nimiedad de la vida, pero cargando culpas, quebrantos e insatisfacciones que detonan en un perenne estado fragmentario común.

“–Así es el hombre con el que me casé –dijo Denyse–. Te parece un héroe al principio, un ingenuo diez años después, un necio a los veinte, y luego ya es demasiado tarde para separarse.”

“Lo raro siempre es lo cierto”, advierte el prólogo de la obra, y es que la autora insiste en astillar el mundo interno de quienes habitan bajo relaciones aparentemente perfectas, parajes aburridos, visitas familiares y días intrascendentes. Desde obras anteriores –como en Siete casas vacías– la argentina ya acentuaba esta búsqueda por detonar a las voces profundas que corrompen y destrozan por dentro.

Continuar leyendo «Schweblin: tratado de la culpa y la tragedia»

La búsqueda de identidad de Ferráez

Por Carlos Jáuregui

“Nunca vas a olvidar esa tarde de agosto.

Tenías catorce años ibas a terminar la secundaria.”

José Emilio Pacheco

La literatura mexicana tuvo en José Emilio Pacheco a uno de sus mejores exponentes en cuanto al paso de la niñez a la adolescencia, y el mexicano Carlos Ferráez (CDMX, 1990), busca en su obra seguir con esa línea a través del viaje de autodescubrimiento. Dentro de Mapas inútiles, Ferráez nos presenta a un adolescente quien, apoyado del recuerdo y en un recién descubierto entendimiento adulto, intenta resolver el misterio familiar para dar con el paradero de su padre biológico, a quien no conoce. Dicha búsqueda se traslada desde la Ciudad de México hasta la playa de Miramar en Tampico, entre personajes pintorescos, desencuentros amorosos y supersticiones alienígenas.  

Continuar leyendo «La búsqueda de identidad de Ferráez»

Villoro, el centro de toda tertulia

Por Carlos Jáuregui

Independientemente de la apreciación propia que se tenga del autor –en sus distintas facetas de cronista, novelista o ensayista– es de apreciar que Villoro es el centro de cualquier tertulia; el sociólogo y políglota no solo tuvo la suerte de estar cercano e involucrado con personajes de enorme trascendencia cultural, sino que su notable observación, memoria y profundidad en materia, lo convierten en el invitado más deseado de una reunión que asuma la postura de “culta”. Su formación casi renacentista lo versa en diversas materias que amplían el abanico temático de su obra.

Continuar leyendo «Villoro, el centro de toda tertulia»

El sueño como redentor de la realidad

Por Carlos Jáuregui

“Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia dentro, despierta”.

Jung

¿Qué pasaría si los sueños irrumpieran la realidad y la controlaran?   ¿Confeccionaríamos mundos perfectos o nuestro inconsciente se encargaría de manifestar lo más obscuro de nosotros?

Esto es lo que explora Diego Cristian Saldaña (MX, 1990) en Tiene la noche un árbol a través de dos historias que, con líneas narrativas distintas, entregan a dos personajes opuestos con una línea en común y una misma cualidad: la capacidad de manifestar aquello que sueñan y llevarlo a la realidad. 

Al utilizar el recurso de los sueños lúcidos –ese fenómeno inasible bajo el cual, quien sueña, ya sea por azar o por ejercicio cognitivo alcanza consciencia de aquello que está soñando– el autor mexicano nos entrega un mundo salpicado de surrealismo, de referencias artísticas, de imágenes poéticas y de mucha introspección a través de una narración que se pregunta todo y raya en lo microscópica.

Continuar leyendo «El sueño como redentor de la realidad»

La certeza desde la claridad

Por Carlos Jáuregui

La claridad - Editorial Páginas de Espuma

Autor: Marcelo Luján

Título: La claridad

Editorial y año: Páginas de espuma, 2021

En tiempos rebasados por discursos cambiantes e industrias plagadas de intrascendentes one hit wonders, siempre reconforta el tener alguna certeza literaria. La sexta edición (2021) del Premio Ribera del Duero nos entrega una constante y un ejemplo de curaduría y cuidado de textos; como antes ya lo había refrendado en años pasados, con la obra ganadora del mexicano Antonio Ortuño, La vaga ambición.

El ganador del presente año, Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973), nos entrega en su obra seis relatos breves pero potentes, en los cuales destacan dos características principales: por un lado, una muy particular voz narrativa, contada desde un narrador que, como pitonisa, advierte y participa en el desenlace trágico e inevitable de sus personajes; y en otros, una primera voz homodiegética que nos arrastra a un lodazal de miedos y recuerdos fantásticos.  

Continuar leyendo «La certeza desde la claridad»

Conoce a tu enemigo

Por Miguel Blasco

Autora: Ana Wiener

Título: Valle inquietante

Editorial: Libros del asteroide, 2021

Se podría leer Valle inquietante de Anna Wiener como la historia de una chica que logra salir —más o menos indemne— de una de las más peligrosas y destructivas sectas que existen en la actualidad: Silicon Valley. Silicon Valley a partir del 2010 y en adelante, momento en el cual surge la burbuja tecnológica y los fondos de capital de riesgo se ponen a despilfarrar dinero en startups y en toda aquella empresa que pretenda petarlo diseñando la app de moda. (Algunas triunfaron: Uber, Airbnb, Tinder, JustEast, etc., otras se perdieron en ese valle de lágrimas).

Continuar leyendo «Conoce a tu enemigo»

El paraíso perdido de Fernanda Melchor

POR CARLOS JÁUREGUI

TÍTULO: PÁRADAIS

AUTORA: FERNANDA MELCHOR

EDITORIAL Y AÑO: RANDOM HOUSE, 2021

Sorprende que, en la última novela de la autora veracruzana de moda, la tensión se descubra pasando la página setenta, ya bien entrada en la lectura; y que la línea narrativa utilizada en sus obras anteriores (como Aquí no es Miami y Temporada de Huracanes) se repita a tal grado que deje una sensación amarga de deja vu.

Paradais: Melchor, Fernanda: Amazon.com.mx: Libros

En Páradais (2021) Fernanda Melchor insiste en presentarnos todas las formas de violencia (verbal, psicológica, de género y sexual) que convergen dentro de dos familias dispares en un elegante conjunto residencial de su natal estado.

Dentro de la misma burbuja que es Páradais, en donde se mezclan pero no interactúan entre sí los que están para mandar y los que están para servir –como es tan común en México–, la soledad y la desidia juntan a Polo y a Franco Andrade, quienes maquilan un plan fallido para paliar sus respectivas condiciones de pobre y virgen de un solo golpe: el primero, un adolescente sin futuro, abusado por todos y condenado a repetir la historia criminal familiar y el segundo, un millenial inútil cuya única función en el mundo parecería ser el respirar y el masturbarse con la imagen de la vecina. El ejercicio social de Melchor es válido, pero queda muy corto en cuanto a trama y complejidad.   

A raíz de presentarnos en Temporada de Huracanes un cuadro tan trágico y atinado del México actual, tan plagado de vicios, de violencia y clasismo, la autora se convirtió de la noche a la mañana en la voz femenina por excelencia que exhibió la actualidad horrenda de un país que está roto: una sociedad tan deshilada y opuesta en los extremos, que difícilmente se podría pensar como una misma.

Continuar leyendo «El paraíso perdido de Fernanda Melchor»