Animalario onírico

Por Guillem Borrero

¿Qué acabo de leer? La pregunta se impone al zanjar la última página. Parece que me haya quedado dormido. Y que he soñado. O me ha visitado un ángel que me ha metido imágenes imposibles en la cabeza. Y, sin embargo, uno tiene -yo tengo- la sensación de haber estado en un lugar real, de haber conocido a alguien. La realidad me ha tocado la cara. La de un edificio de apartamentos donde las mascotas tienen el acceso restringido, lo que no impide -como una metáfora del poco respeto a la ley escrita que reina en el país, allá afuera, del cual solo sabes que vosean- que cada uno de ellos sea habitado por, al menos, un animalillo.

La lectura de Pensión de animales se organiza como el mítico tebeo de Ibáñez 13, Rue del Percebe, piso por piso, bajando por la escalera hasta la portería y saliendo incluso a la tienda de la esquina. Cada capítulo nos abre la puerta de uno de los apartamentos y nos encarnamos en sus moradores, sean humanos o animales, mortales o divinos. En total, la acción no abarca más de diez minutos, y, con todo, una parte significativa de la vida parece palpitar ahí, en tan poco tiempo y tan poco espacio. Todo empieza con un portazo y sigue con el descenso atropellado y estruendoso de las botas de una tal Laura por la escalera. Los vecinos, puerta por puerta, van despertando de su sopor, se preguntan qué pasa, y cien páginas después, llegando a la portería, ya conocemos las miserias de cada uno de ellos. Hay un tipo obsesionado con el místico sueco Swedenborg y su teoría angelical -descabellada y sugerente- acerca de por qué pensamos lo que pensamos; un inquilino se enfrenta a una alimaña; un ser encerrado en un perro fabula cómo escapar de su actual cuerpo-cárcel; un pobre diablo solo quiere comprar una azucarera, pero resulta que comprar una azucarera –esa azucarera- no es algo tan baladí. ¿Por qué sentir cierta familiaridad con cada uno de estos antihéroes? Porque no es el qué, sino el cómo, y Pensión de animales está escrita con un potente motor descriptivo.

El alucinado caleidoscopio de voces en primera persona, puro presente, río de acción tras acción, exige una lectura del tirón: la narración te agarra de las solapas y te sacude. Para respirar, la perspectiva de un ángel inyecta en el relato un aura onírica, como si lo viéramos todo a través de un cristal azulino, las voces amortiguadas, los gestos a cámara lenta. Y luego, de repente, se reprende el frenético ritmo del taconeo escaleras abajo hasta dar de bruces con la puerta de la vecina más bronca. Y llega el milagro de la novela.

Tras el cenit, para cerrar el viaje de descenso, el autor rebobina y aprovecha para cerrar un paréntesis simbólico abierto en la tercera página -apenas ha empezado la estampida escaleras abajo-, y así otorgar perfecta circularidad al conjunto. Una cacatúa, un ojo, una carnosidad roja que excede la norma, un afilado cuchillo, la tentación de nivelar, de igualar, de dejar al ras, vence, y la carne pierde, y hay un derrame, que anega, que lo encharca todo. Nuestras manos, agarrando el librito, sienten la humedad. La precisión descriptiva alcanza aquí cotas pornográficas. Casi salpica al lector. ¿El qué? ¿La sangre? No, el elusivo sentido del texto.

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Fer-Nanda

Autor: Aldo Rosales Velázquez

Editorial: Nitro Press

Por Arturo Molina

¿Qué hacemos si tenemos una balanza que necesita ser equilibrada? ¿Le aumentamos peso a un lado o aligeramos el otro? Más aún: ¿existe la posibilidad de aligerarlo o se trata de una condena plomiza?

Los personajes que habitan el mundo literario de Nanda (Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia 2022) parecen estar sumergidos en esa búsqueda, ya sea a través de la carga de peso material, de los posibles remedios –caseros principalmente–, de la manera en que los nombran o de evadir sus dolores físicos. ¿Cómo se lidia con el desgaste?

Aldo Rosales Velázquez transporta al lector a un pueblo asentado en los linderos de las vías férreas y de una refinería que hace tiempo sufrió una explosión. Niños que juegan a quemar ratas, soldados encargados de resguardar el acceso a la planta, aspirantes a luchadores, entrenadores, jugadores de billar, mujeres que se apencan a su familia en las espaldas, cada uno de los habitantes vive en constante incertidumbre de que la refinería cobre, una vez más, la vida de sus pobladores. Como los residentes en zonas sísmicas que esperan el siguiente terremoto.

El escritor, quien reniega de este apelativo por considerarlo Mayor, ya ha destacado como cuentista y cronista, en donde permea una semántica de imágenes cuidadosa e incrustación quirúrgica de elementos. Nanda no hace sino confirmar las aptitudes mostradas anteriormente en su obra por la selección de escenas, silencios, metáforas, diálogos, elipsis, ambientes y un etcétera de recursos literarios de los que se vale para situar la mirada en una atmósfera que bien podría retratar Felipe Cazals.

A sabiendas de esto, el primer capítulo es revelador: muestra de distintas maneras los caminos que tomarán las historias de los personajes. Destacan cinco de ellos: Ángel, un  soldado corpulento comisionado como vigía de la refinería y quien trae a cuestas un pasado neblinoso; Fernanda (Nanda), madre soltera y muy joven que desea escapar de su realidad que la atenaza; Cruz, un niño que añora ser adulto, trabajar, ayudar a su abuela al borde de la locura, y encontrar a su madre desaparecida; Miguel, un joven que perdió a su padre en el incidente de la refinería y que sueña con debutar como luchador; y el Licenciado, acaso el personaje más envuelto de hollín, un hombre de negocios (de negocios que requieren golpeadores) y dueño del gimnasio de lucha libre.

El gimnasio es uno de los principales escenarios de la novela, donde se da, acaso, el encuentro más significativo: la única vez que Nanda y Ángel se conocen y conversan sobre la vida, sobre sus inquietudes. Además porque la lucha libre habita el libro y la portada es clara al respecto. Aldo Rosales aborda, tanto en sus piezas de crónica y cuento, los deportes de contacto a los que les tiene tanta afición como respeto y cuyos dolores también ha padecido: ha entrenado varios de ellos, como la misma lucha libre, jiu jit su, lucha olímpica y otras más.

Que no se corra el riesgo de pensar que se está frente a una pieza más de folclor y desconocimiento del entorno luchístico. Aldo se aleja de los clichés, de los efectismos y los ejercicios de imaginación que pueden hacerle mucho daño a la literatura. Prefiere observar, ser fiel con la construcción de sus personajes, apoyado de imágenes poéticas. Se sumerge en la psicología de quienes dedican parte de su vida –o su vida completa– a ello y no se limita a dibujar perfiles. Esta última característica es un requisito mínimo que se le debería pedir a cualquier narrador.

A lo largo de sus páginas, Nanda erige la historia de cada habitante, hace padecer sus pérdidas y compartir la incertidumbre que contagia el misterioso hospital del pueblo, con una prosa que no suelta. Además de apartados, o subcapítulos, que van enganchando en una suerte de cuento invertido, en donde ciertas claves se asoman y se torna en una narración rebobinada.

El desgaste y el polvo crean una atmósfera ceniza, aunque no por ello incómoda, y lleva a los personajes a atravesar hipotéticas y literales capas de humo, en esa búsqueda de sacudirse el peso de la tragedia que vivió la refinería y sus trabajadores, de limpiarse la tierra que oculta el recuerdo de las desaparecidas, de encontrar una variación no desgastada de nuestro nombre: Nanda porque ya la habían llamado Fer demasiadas veces, tantas que necesitaba equilibrarlo.

Para los tiempos corrientes en que autores hacen una búsqueda en Maps con la idílica ilusión de respirar tal o cual lugar del mundo, o que compensan la falta de cohesión con elementos puestos al azar, o que tildan de investigación una frugal conversación con alguien por Facebook, Aldo Rosales Velázquez hace efectiva aquella sentencia de Chéjov: “Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.”

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Mundo Anclado: un cuadro del México actual

Por Carlos Jáuregui

Si con sus novelas anteriores (Nuestro mismo idioma y la compleja Agenbite of Inwit) el mexicano Alejandro Espinosa Fuentes (CDMX, 1991) ya había demostrado un terminante dominio del lenguaje, en su última entrega Mundo anclado (Contrabando y Nitro Press, en coedición española y mexicana, 2023) el autor sale bien librado bajo una interesante narración polifónica. Dentro de una suerte de caleidoscopio cinematográfico, los personajes de la novela narran la misma trama desde una perspectiva propia, encimando imágenes y diálogos condicionados por lo subjetivo y la exégesis velada de cada uno de ellos. El cambio de voz narrativa de Espinosa Fuentes no solo es impecable, sino indispensable para armar el rompecabezas que el autor propone.  

“¿Por qué para hacer justicia

uno debe disfrazarse de asesino?”

Mundo anclado en principio parecería ser un thriller bien construido, de corte detectivesco evocando a La promesa de Durrenmatt (1958) y otros ejemplos de novela negra; pero sus líneas narrativas a lo Bolaño, Torri y Faulkner, entre otros autores modernistas, incluyendo un leve coqueteo de culteranismo de Francisco de Góngora, la clasifican como una novela total; y la realidad es que Mundo anclado es una novela que delinea y denuncia las formas de un país roto, desvela sistemas burocráticos y anacrónicos que rigen la política, las instituciones y la literatura en México. Espinosa Fuentes no se arruga para exponer desde la fallida justicia mexicana hasta a las vacas sagradas de nuestra clase culta:  

“Los intelectuales pierden la perspectiva política a la menor provocación, creen que las migajas que les avienta el Estado son privilegios y se ven a sí mismos como iluminados de la más alta sociedad, sin saber que para las clases bajas son chocantes y para las clases altas monitos de feria”.

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Efímera eternidad

Por Guillem Borrero

Título: Efímera

Autor: Bruno Montané Krebs

Editorial: Contrabando Ediciones

Lugar y fecha de publicación: Valencia, 2022

¿Por qué Efímera? ¿Por ser una novelita de menos de 100 páginas? ¿Porque la vida misma es efímera? Sea como sea, Bruno Montané Krebs ha escrito una novela efímera y perdurable que encapsula tres años cruciales en la vida de un joven con muchos pájaros en la cabeza: estamos ante una muy peculiar bildungsroman en miniatura empapada de una belleza extraña – o de una bella extrañeza- que se nos abalanza encima desde la poderosa portada (una semilla o vagina que se abre mostrando un mundo auroral o crepuscular) y que no la abandona hasta su última y tremenda frase:

Mientras la noche se sumergía en su colosal y oscuro cuenco, pensé que aquellos gritos jamás acabarían.

La protagoniza un tal Félix, joven poeta centroamericano que se embarca hacia un país del sur del continente americano con el único propósito de ver cosas distintas a la que ha vivido hasta entonces. A su llegada, por influencia del amigo de un influyente tío suyo, no tarda en establecer contacto con la élite del país y empieza a codearse con escritores que le brindarán las primeras -y precarias- oportunidades para malvivir de las letras a base de arenques y cerveza tibia. Abundan los cocteles y las fiestas con ínfulas patéticamente europeas -lo que lo liga con algunos cuentos de Monterroso-, pero tampoco faltan visitas a marginales barriadas en compañía de un doctor altruista ni cuartuchos húmedos en los que atruena el vecino cuarto de máquinas de una imprenta. Y de alguna manera, nuestro triste héroe, a golpe de tinta y una ilusión a prueba de desencanto, crece: pronto Félix se las arregla para lograr publicar un libro de poemas al que titula Índigo. Bonito nombre. Solo terminada la lectura un servidor se da cuenta. ¿Qué es índigo? Para los que no están familiarizados con la paleta de colores, índigo es un tono de azul. Azul. No es precisamente desconocido aquel poeta nicaragüense que publicó un libro ya mítico con ese nombre: Azul. ¿Félix es Rubén Darío? Félix Rubén Darío Sarmiento, se llamaba. Bruno Montané confiesa haber leído por encima una autobiografía y haberse basado en algunos de sus versos para recrear imaginativamente -sin afán de veracidad- los episodios narrados en Efímera. ¿Un consejo? Mejor leerla obviando este dato.

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¿Quién es mi padre?

Por Guillem Borrero

Título: Mi padre alemán

Autor: Ricardo Dudda

Editorial: Libros del asteroide

Lugar y fecha de publicación: Barcelona, 2023

Si, como sostiene Javier Cercas en su ensayo El punto ciego, toda novela orbita alrededor de una pregunta a la que nunca se logra responder satisfactoriamente, tal vez pueda parecer que la cuestión que late enterrada en cada una de las páginas de Mi padre alemán (Libros del asteroide, 2023), de Ricardo Dudda, sea: ¿quién es mi padre? Sin embargo, algo deducible leyendo el mero título sería sospechosamente simple. De modo que lo que acaso permanezca oculto en la narración, pero dándole fuerza y coherencia tanto a la escritura como al empeño de la lectura, no es tan evidente ni tan fácilmente consignado en las pocas palabras de esa cuestión que tan a la ligera da el asunto por zanjado. Resultado de -supongamos- el punto verdaderamente ciego y de momento velado en la novela: la movilización del interés del lector sin saber muy bien por qué sigue leyendo.

Ricardo Dudda arranca el libro contándonos el aparente origen del libro: de niño solía utilizar las anécdotas de su padre (nacido en la extinta Prusia en 1940) para confeccionar algunos trabajos de la escuela, pero llegó un día en que a sus manos fueron a parar documentos familiares que ponían en duda y completaban las lagunas de la versión que el padre daba sobre la familia. El libro es el resultado. Y no es precisamente una hagiografía, acepta o confiesa el autor.

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(No) todos somos Leopold Bloom

Por Carlos Jáuregui

¡Iniciamos el 2024!

Todo el mundo al gimnasio y a terminar con los vicios y malos hábitos.

Si como resolución de año nuevo, eres de esos pocos valientes que por primera –o quizá por quinta vez– han decidido por fin terminar el Ulises, les recomendamos ampliamente apoyarse en la titánica ayuda que Todos somos Leopold Bloom. Razones para (no) leer el Ulises del español Eduardo Lago (Madrid, 1954) provee. 

Poco se puede añadir con respecto a la gigantesca novela de Joyce, considerada por la crítica como la mejor en inglés del Siglo XX y la cual en el 2022 cumplió el centenario de su publicación. Sobra referirse a tantos enigmas que la envuelven y basta con repetir (a modo de advertencia) lo que Carl Jung solía decir de ella: “el texto produce en el lector un irritante sentimiento de inferioridad”.

Hay muy pocos libros –dejando de lado su propio valor literario– que tienen el señorío para distanciarse y cerrar la puerta de golpe a todo aquel que se dice lector y consume thrillers y novedades insulsas. De todos ellos, el Ulises es sin duda el barómetro que determina el tipo de lector que eres. 

La mayoría de la gente que gusta de los libros tiene con el Ulises la misma relación que con una bacteria o con la dark web: saben que existe, pero jamás la han visto; otro gran porcentaje –liberalmente auto referido como lector– sabe más o menos de qué va y hasta quizá sus ochocientas o mil páginas (dependiendo la edición) adornen su librero, reprochándole la derrota de no haberlo terminado o peor aún, de ni siquiera haberlo intentado. Y es que de todos aquellos que dicen haber leído el Ulises hay que creerles a dos, como máximo.

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Jon Fosse, novelista

Por Alejandro Espinosa Fuentes

Es probable que muchos se hayan quedado perplejos después de que la Academia Sueca anunciara el Premio Nobel de Literatura 2023. ¿Quién es Jon Fosse?, se preguntó la mayoría, ¿de dónde salió? Es cierto que algunas de sus obras de teatro han sido traducidas y representadas en países de habla hispana, pero su obra narrativa, por lo menos en México, es prácticamente desconocida.

Hace unos años, mientras paseaba por la Feria del libro de Madrid, me acerqué al local de Noruega, quizá debido a mi interés por la obra de Knut Hamsun, y un librero de lo más amable me recomendó leer inmediatamente a dos autores: Per Petterson y Jon Fosse. De este último, el amable librero me dijo que era como una mezcla del cine de Bergman y la obra de Samuel Beckett. Como buen acumulador de libros, me llevé un ejemplar de la novela Trilogía, la dejé empolvándose en mi librero y, la verdad, me olvidé de su existencia.

Convenientemente, después del anuncio del Nobel, busqué ese olvidado libro con la intención de hojearlo, o quizá solo para quejarme de si merecía o no el más importante galardón literario. Pero en vez de leer un par de páginas y abandonar el libro por ahí, me quedé tan hipnotizado desde la primera línea que no lo volví a cerrar hasta que terminé la lectura.

Trilogía es una novela extraña, renovadora, con un mundo muy particular y un estilo de escritura insólito. Sus protagonistas, Asle y Alida son una pareja de adolescentes que deambulan por las calles noruegas en busca de un sitio para refugiarse del frío otoñal. Alida está embarazada y, desde la muerte de la madre de Asle, todo el mundo les ha dado la espalda. Desahuciados, vagabundean por un pequeño pueblo al norte de Noruega con la intención de llegar a Bjørgvin, la segunda ciudad más grande del país, donde Asle espera encontrar trabajo como violinista.

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LOS MEJORES 9.4 LIBROS DE 2023

¡De acuerdo! ¡Nos confesamos! No terminamos de leer completo el primer volumen del llamado «acontecimiento literario del año», Los comienzos del genio italiano Antonio Moresco, de quien se dice que escribió esta colosal novela de más de 3000 páginas a mano, sentado en la taza del wc, y fue rechazado durante 35 años por todas las editoriales que existen antes de consolidarse como un clásico moderno que le ha valido merecidas comparaciones con autores de la talla de Joyce, Proust o Cartarescu. Pero el 0.4 que llevamos leído de su novela nos pareció suificiente para incluirla en nuestro listado del año.

De acuerdo, de acuerdo, los siguientes libros que aparecen en nuestro listado sí tuvimos la fortuna (o el tiempo) de leerlos en su totalidad y son una amena selección de propuestas narrativas o poéticas que nos interesaron por su estilo, arriesgado e incoformista, el cual conjunta el caprichoso gusto de nuestros colaboradores y quizá deja de lado algunas novedades bestsellerosas (perdónenos los fanáticos de Stephen King…)

Hay que reconocer que hubo grandes libros que leímos en 2023, pero que luego nos dimos cuenta que habían sido editados el año anterior o que , debido a tardías traducciones o cambios editoriales, serán reeditados en 2024, éste es el caso de Elizabeth Finch de Julian Barnes, Ojos de caballo de Henry Trujillo (reedición del décimo aniversario), Cabalgar un unicornio en la playa de Enrique Carro, Pensión de animales de Pablo Silva Olazábal, Mundo anclado de Alejandro Espinosa Fuentes (que será publicada en México en 2024) y la que para muchos es la gran novela de 2023, The House of Doors del novelista malasio Tan Twan Eng.

Por otro lado, en nuestra revista tenemos en cuenta que estamos afincados entre México y España por lo que muchas de nuestras propuestas de lectura priviegian las propuestas editoriales no corporativas para visibilizar autores más allá de sus fronteras (perdón Alfaguara, Planeta y Anagrama pero este año se pasaron con sus premios fraudulentos que poco sirven para abrir el panorama narrativo y convierten la literatura en un mero intercambio de favores nepotistas).

Debemos confesar que también dejamos de lado excelentes libros porque no hubo un concenso claro entre nuestros colaboradores para incluirlos en este listado, pero no podemos dejar de mencionar la nueva novela de Patricio Pron, La naturaleza secreta de las cosas de este mundo, la cual un colaborador amante de los títulos largos (no diremos quién) se aferró en incluir, pero el diseñador le dijo que no tenía cabida en el diseño final (perdón Patricio Pron).

Y, por último, pero no menos importante -aunque es verdad que esto de los números regresivos para calificar al mejor o al peor es una autética tontería hablando de obras de arte (pero aprendimos mal de Nick Hornby con su obsesión por los top 5), es claro que el autor del año no puede ser otro que el merecidísimo Premio Nobel de Literatura, Jon Fosse, a quien nadie conocía cuando le dieron el premio pero que, en cuanto lo leímos, celebramos airadamente porque por fin parece que lo ha recibido alguien que, más allá de la política, es un escritor magistral… Además, se parece mucho a Santa Claus, ¡y estamos en tiempos navideños!

Lo relevante de la minucia provincial

Por Carlos Jáuregui

Hoy, mientras que las modas más socorridas son las de fotografiar lugares icónicos, llenar hojas del pasaporte y el apropiarse de cualquier elemento cultural extranjero, el mexicano Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966) en Ábaco de Granizo (Ediciones Era, 2022) vuelve hacia su propia historia para retomar lo que verdaderamente es México, y reconstruye su pueblo natal de Ahualulco de Mercado, dentro de un florido mosaico formado de recuerdos y de leyendas.

Sin requerir agregar nada adicional a su virtuosa trayectoria como poeta y ensayista (Premio de Poesía Aguascalientes 1992, Premio Mazatlán de Literatura 2019, Premio Bellas Artes de Ensayo Literario 2013, Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2021, entre muchos otros), Lumbreras se sumerge en un ejercicio nemotécnico para mostrarnos sus humildes orígenes, colmado de leyenda, de familias venidas a menos y de monumentos opacos y olvidados.

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¡No lean a David Toscana, nunca!

Por Carlos Jáuregui

En una breve y eufórica reseña a La ciudad que el diablo se llevó (Candaya, 2020) de David Toscana en http://www.goodreads.com, Guillermo Jiménez suplicaba, con fervor, que no leyeran al premiado autor neoleonés: “No lean a David Toscana. La verdad es que no lo merecen. Que nos lo dejen a nosotros, a los bastardos, a los miserables…”[1], prorrumpe en un enunciado quizá algo desproporcionado, pero entendible desde la licencia poética. Lo implora con el celo de quien se guarda la canica más preciada en el patio del colegio. Y algo tiene de razón puesto que cada entrega de Toscana ciertamente es un objeto valioso. 

Dentro de Olegaroy (Alfaguara, 2018) –novela acreedora del premio Xavier Villaurrutia en ese mismo año–, el escritor mexicano mantiene la línea narrativa en la que insiste a través de toda su obra: sencillamente el ¿qué es estar en el mundo? y el tratar de lidiar con ello; el ¿qué hacemos aquí? pero todo ello a través de seguir el recorrido que hace Olegaroy a lo Forrest Gump, en donde este robusto e insomne personaje es la fuente originaria de las más antiguas máximas filosóficas como la inexistencia del alma, la redundancia dentro del padrenuestro, la intrascendencia de la filosofía y la incapacidad de alcance de la palabra, bajo el humor socarrón y negro característico de Toscana:

“Olegaroy pensó en las artes literarias. Si el propósito era crear emociones a través de la palabra imaginada, una obra maestra sería llamarle a una señora para decirle que su hijo fue arrollado; o un patrón avisarle a su empleado que le triplicaba el sueldo.” 

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¿Por qué dejar de hacer lo que sea que estés haciendo y leer cuanto antes a Cristina Morales?

Por Miguel Blasco

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  • Título: Lectura fácil
  • Autora: Cristina Morales
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y año: Barcelona, 2018 (Premio Herralde de novela)

 

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