El sueño como redentor de la realidad

Por Carlos Jáuregui

“Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia dentro, despierta”.

Jung

¿Qué pasaría si los sueños irrumpieran la realidad y la controlaran?   ¿Confeccionaríamos mundos perfectos o nuestro inconsciente se encargaría de manifestar lo más obscuro de nosotros?

Esto es lo que explora Diego Cristian Saldaña (MX, 1990) en Tiene la noche un árbol a través de dos historias que, con líneas narrativas distintas, entregan a dos personajes opuestos con una línea en común y una misma cualidad: la capacidad de manifestar aquello que sueñan y llevarlo a la realidad. 

Al utilizar el recurso de los sueños lúcidos –ese fenómeno inasible bajo el cual, quien sueña, ya sea por azar o por ejercicio cognitivo alcanza consciencia de aquello que está soñando– el autor mexicano nos entrega un mundo salpicado de surrealismo, de referencias artísticas, de imágenes poéticas y de mucha introspección a través de una narración que se pregunta todo y raya en lo microscópica.

El primero relato, el mejor logrado y vertiginoso, es un thriller de acción en el cual Felipe, un aburrido analista de datos que habita en la Ciudad de México y quien combate el insomnio leyendo párrafos de la Biblia antes de acostarse, comienza a notar coincidencias trágicas entre lo que él sueña y lo que sucede al día siguiente. Su letárgica y simplista vida –dividida entre la soledad y el análisis numérico buscando patrones económicos– se ve alterada por la muerte de su padre y por qué sus manifestaciones no han pasado desapercibidas para un grupo de terroristas intelectuales llamado La Nueva Confederación Surrealista (NSC).  

En un dinámico ensamble entre Sphere (de M. Crichton) y Pi (de Aronofsky), Felipe se ve envuelto en una trama de acción con todos los elementos de una buena historia de suspenso: teorías conspiratorias, persecuciones por la ciudad, reencuentros con amores del pasado y fanáticos del francés André Breton, quienes buscan un nuevo orden en el mundo, todo ello sumado al misterio de lo onírico y a una madre críptica quien guarda secretos y a quien todo alimento que consume le sabe a huevo.

Dentro del segundo relato, Philip, un viejo sonámbulo, quien vive confinado dentro de su estudio médico entre recuerdos y libros, despierta de su letargo para hacer un viaje postergado a la Ciudad de México, acompañado de su nieta y el novio de ella, buscando saldar una deuda del pasado. Lo que de inicio parecería un ordinario recorrido sin destino por el norte del país, se ve frustrado por las memorias atávicas del viejo; pues Philip, no solo vive atormentado por sus propios recuerdos, sino que, bajo su condición, constantemente confunde vigilia y ensueño. Al igual que Felipe, su inconsciente los lleva a buscar lo mismo y sus sueños sirven de guía y gendarme.

Al final, los relatos dispares se entremezclan en una detonación de coincidencias y solo mirando hacia el pasado –como hacemos con los sueños– las piezas van cayendo en su sitio, dando al lector una extraña sensación de deja vú.

La novela, ganadora del Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2019, explora la profundidad del mundo interno y fantástico que construimos para aliviar el paso de los días, al preguntar si cada acción lleva un significado más allá de lo que aparenta; la obra del mexicano deambula entre géneros de ciencia ficción, poesía, ensayo y ficción-realista como sobre una cuerda floja. Al saltar constantemente entre realidad y fantasía dentro de los relatos, Saldaña va horadando lo encuadrado en lo real: los inicios de los capítulos, en donde Felipe comprueba dentro del noticiero de la radio la irrupción de su inconsciente dentro del mundo real son prueba de ello.

Desde el aparente automatismo e intrascendencia de las frugales vidas de Felipe y de Phillip, se disparan pensamientos de carácter muy introspectivo –emulando a Perec dentro de Un hombre que duerme–, y Saldaña insiste en elongar estos momentos al grado tal grado de convertir actos tan comunes como lo son tomar un baño o el prepararse un té, en instancias de carga y análisis propios de un autor que lo observa y desmenuza absolutamente todo:

“Pensó que era simpático que un bicho con la misma anatomía que una cucaracha pudiera ser tan hermoso. La diferencia, la inconmensurable diferencia, eran los colores”.

Saldaña navega a la perfección entre la línea trágica y cómica, que parte de un absurdo hacia lo grave dentro de un mismo párrafo, y ahí radica el valor de la obra, la elongación del lenguaje, ejemplo de ello es la representación de la persecución a manera de sinfonía, lo que evidencia el alto rango del escritor mexicano:

“El rechinido del acelerador a fondo cual crescendo futurista… algún reproche esporádico de claxon en clarín desafinado. Dos, tres disparos similares a timbales o advertencias de un grand finale. El estallido de uno de los espejos laterales y cientos de cristales que volaron al cielo cual címbalos… entre el desesperado rugido de dos coches que poco a poco separaron sus voces orquestadas hasta que solo permaneció una como el inesperado remanso de una cadencia rota”.

La metanarración de Saldaña está plagada de referencias culturales (desde Kubrik, hasta poetas dadaístas, pasando por indie rock y el 9/11, etc.). El narrador omnisciente invariablemente utiliza el discurso directo para romper la cuarta pared. Con puntuales anáforas, metáforas y demás figuras literarias, el autor rompe la narración lineal con elipsis temporales, recuerdos y divaga entre vigilia y sueño. Su mayor logro dentro de la obra es el alcance de crear escenas mundanas revestidas de surrealismo y de una profundidad importante:

“Hizo un cuadro con los dedos. En ese marco entre pulgar y pulgar estaba el alma de cada uno de los humanos que habían existido y que existirían, y de todas las bestias. Estaba ahí toda la historia, todas las criaturas, todas las sonrisas”.

Si acaso es pertinente encontrar alguna fisura a esta obra premiada es que, sobre todo en la segunda parte, el propio veneno del autor lo mata: Saldaña no se guarda nada dentro del texto y nos deja la mesa puesta por completo; su narración total y microscópica la lleva al extremo y lo narra absolutamente todo, sin reservarse misterios;  toda acción y motivación de los personajes –tanto principales como secundarios– queda desvelado en su totalidad.

Esta exhaustiva intromisión dentro de la psique de los personajes y su justificación y pensamiento al actuar constriñe un poco la narrativa. Aquí se sublima la imaginación e interpretación del lector, ya que, bajo esta total narración omnisciente, todo en el relato está explicado; y esto, para quienes gozamos de la interpretación y de segundas lecturas, dejan cierto vacío. Dentro del segundo relato, las historias de aquellos personajes que rodean a Phillip tienen una fuerza suficiente para mantenerse, pero luego desaparecen y se desvanecen incompletas, como un sueño .

Al final, el colofón y unión de las historias que consolida Saldaña no solo es concluyente y satisfactoria, sino que se clausura dejando una cierta sensación onírica: de serenidad y total concordia, recordando que los sueños, como la vida, son pasajeros:

“A cierta edad un hombre debe desandar el camino, sopesar las vistas, los entornos, los paisajes y los cuerpos para hallar la sutileza que hila todas esas cosas y que nos acompañará hasta la muerte. El camino había sido desandado…”

Si las causas y el significado de los sueños hasta hoy son un misterio, la lectura y la vida misma deben existir bajo un principio semejante: el absurdo.  

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