La sirena y el jubilado de Élmer Mendoza: Retrato de la política mexicana

Por Carlos Jáuregui

“Quien entra a la política, debe saber que hay chingadazos”.

Patricio Martínez García

El valor literario de la obra narrativa de Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), así como su impresionante trayectoria, no están a discusión. Por décadas, el escritor culichi nos ha entregado un cuadro auténtico de la sociedad mexicana con precisión quirúrgica y con lo que a nuestro juicio es su dominante cualidad: el “renovar la novela policiaca desde el lenguaje” (Bernardo Fernández, BEF).  

Por mucho tiempo Mendoza ha fungido lúcidamente como precursor máximo de la escuela literaria policiaca del norte del país, la cual engendró una camada de autores contemporáneos de la talla de Eduardo Antonio Parra, Vicente Alfonso y Carlos René Padilla, entre otros. Mucho de la novela policiaca o novela negra, mal llamada “narcoliteratura”, se lo debemos a ese autor que dejó la ingeniería para convertirse en escritor.

Para nadie es novedad que involucrarse dentro del juego político en México acarrea un riesgo mayor al de simplemente ganar o perder una elección; ejemplos sobran de lo que implica el meterse dentro del lodazal político. El acierto del autor es que, en medio de elecciones compradas, políticos corruptos, lideres sindicales coludidos y carteles entrometidos, nos entrega una historia con alto valor de redención y de lealtad; muy distinta a la versión barata de exaltación del crimen que tanto venden las series televisivas y los narcocorridos.   

En “La sirena y el jubilado”, Mendoza da descanso a su protagonista favorito: el detective Edgar “el Zurdo” Mendieta –obvio alter ego del escritor, desde sus iniciales “EM”– para introducirnos a una historia tan cotidiana como alarmante en la actual política: una joven candidata a diputada independiente con un pasado reservado sufre un atentado en su primer mitin político, a un mes de las elecciones en Sinaloa. Convaleciente, sin el respaldo de su partido y sin más apoyo que el de un grupo de mujeres encausadas en su lucha, encuentra refugio en el más improbable de los héroes, un guardia de seguridad jubilado.

Ajeno a toda actividad política y convivencia social, el viudo y retirado Néstor del Valle se topa con la disyuntiva de mantenerse aislado dentro su monótono universo o cuidar la espalda de la candidata Carmen Larrañaga; de salir del retiro para jugarse la vida por una completa desconocida –quizá la hija que nunca tuvo– en un país y en un mundo en donde él ya no tiene juego ni cabida. El recuerdo de su mujer le obliga a no omitirse por una causa que parece más que infructuosa, mortal.

¿Cómo entrarle a un juego en el cual todas las reglas están truqueadas?

“Tendremos que jugar fuerte. Más le vale a la pinche Carmen no doblarse, y menos quebrarse; es horrible que en nuestro país los inteligentes se inclinen ante los mediocres. Si continuamos así, seremos una nación bien pendeja”.

En párrafos anteriores justo condenábamos el mal usado término de narcoliteratura, que parece agremiar todo y meterlo dentro de un mismo saco; puesto que ello significaría reducir la grandeza del lenguaje y la calidad narrativa de Mendoza a ello; es innegable que, en las últimas décadas y gobiernos, el narco se ha intercalado en la sociedad mexicana y en cada uno de los procesos políticos. Sin pecar de presuntuoso ni erudito, el texto de Mendoza se lee con una ligereza y voz rítmica y fluida.

En una narración trepidante, colmada de actualidad como obliga el género –pandemias, feminicidios, Ley Olimpia, machismo, protestas, síndicos y políticos corruptos–, con cambios de voz narrativa de primera a tercera persona y con canjes de focalización, introduciendo inclusive a una especie de narrador testigo que acompaña durante toda la acción; Mendoza, con dominio de la novela negra o policiaca –al más puro estilo de Dürrenmatt o Vian–, no da respiro alguno al lector y le presta la voz a los distintos personajes para envolver las escenas del relato: entonces acompañamos al sicario, a la amante, a la víctima, la vidente y al testigo, dentro de una misma escena que se desenvuelve al mismo tiempo.

El autor culichi solo detiene el vertiginoso ritmo para incorporar anacronías en forma de recuerdos y dar pausas de introspección, citando a Rilke, Whitman y Eco, entre otros. El Jubilado es la voz de la razón; Carmen, la luchadora; el candidato Vega Fernández, es el némesis en quien converge toda la podredumbre de nuestro sistema de gobierno. Mendoza, a través de las distintas voces protagonistas, acusa el estado actual de la sociedad; sus vicios y sus retrocesos; el asco y los improperios de quienes gobiernan el estado; y lo hace con un certero dibujo de lo actual, sin caer en el exhibicionismo o la exaltación: 

“Sin embargo, conocer a Carmen Larrañaga, ver el maltrato que recibió, custodiarla después del atentado, escuchar sus ideas y conocer algo de su historia me hizo pensar en que somos parte de una sociedad imperfecta y nos corresponde hacer cosas y correr algunos riesgos… cuando se es viejo, la vida tiene poco de inesperado, como que es un guion que se repite infinitamente. Me gusta animarme todos los días con versos de Walt Whitman”.

Mendoza disecciona la novela en breves cortes secuenciales con el talento de guionista: nueve escenas son suficientes para acompañar el recorrido de la protagonista: Carmen Larrañaga –la Sirena–, joven idealista de hermosa voz, quien con verdadera vocación y experiencia de primera mano en lo que significa ser mujer en México, se lanza como candidata independiente en Culiacán, Sinaloa. Ella vivirá en carne propia lo que la línea en el país dicta en cuanto a política: “plata o plomo”.

Su improvisado equipo de campaña es tan suigéneris como inexperto y tendrá que confiar su vida en un grupo de vetustos vigilantes llamados los Aguijones, cuyas mejores épocas ya han pasado, pero todavía tienen fuerza suficiente para arremeter contra el corrupto enemigo y quienes prefieren irse echando tiros que agazapados en la seguridad de la jubilación.

Carmen –apodada la Sirena debido a la belleza de su voz, en referencia al mito de la Odisea– debe continuar su la campaña electoral desde fuera de su propio territorio, en constante movimiento, escondida y resguardada por su improvisado equipo de guardaespaldas, mientras a la par del recorrido, Mendoza con maestría nos presenta a todos los involucrados en el juego: el corrupto candidato oficial el partido gobernante, sus amantes y videntes, los sicarios y los malosos quienes ultimadamente decidirán quien participa y quien debe ser eliminado.  Mendoza, a través de saltos temporales y escenas duplicadas, nos muestra aquello que se mueve tras bambalinas: sobornos políticos, acuerdos, atentados en plena ciudad y citas clandestinas que deciden el futuro no solo de los involucrados, sino de un país. 

Carmen –arrastrando las dolencias y el terror del atentado sufrido– apoyada por un séquito de vecinas, mujeres serranas y los Aguijones no claudicará hasta aparecer en las boletas electorales y tendrá que enfrentarse a todo un sistema.

La novela y trama en sí es muy ligera y nada complicada; la realidad del valor en la narración de Mendoza es la familiaridad con la que domina su entorno natal, la facilidad de lenguaje y la convicción en la naturaleza de los personajes; con diálogos y secuencias propias del género y de un avezado guionista. El autor entrega un certero dibujo del México actual, sin caer en el exhibicionismo o la exaltación: 

“A veces pienso que no sólo nos cierran el paso a las mujeres porque no ha llegado nuestro tiempo, sino por un sentido de acaparamiento en el que no estamos contempladas… tengo que ser una mujer de mi tiempo, como decía mi abuela, una representante de verdad. ¿Por qué es tan difícil ser lo que una quiere sin que haya un varón de por medio al que se deba convencer?”.

Si algo hubiese que reprocharle al experimentado narrador, sería quizá la facilidad en que algunos de los personajes secundarios –cuya existencia es indispensable para la recarga narrativa–, recaen en ciertos clichés y estereotipos: como ejemplo, el dibujo del Siete, líder del cartel: bigotón, malencarado, altanero y mal hablado. Esto no se traduce en detrimento de la línea narrativa, sino que únicamente aporta un juego de arquetipos en donde claramente, el bueno es bueno y el malo es malo; y más que acusar la unidimensionalidad de algunos de estos personajes, sino que, en partes, nos deja anhelando un desarrollo más extenso de su propia sub-historia. 

Por poner un ejemplo de ello, el pasado de los Aguijones parece quedarse corto en su reencuentro; y sin duda, el atractivo personaje de Laila Comondú –adivina y amante del candidato oficial Vega Fernández–, se antojaba para mucho más peso en el relato:    

“En una mansión amueblada con gusto y cuadros originales en las paredes, Alfonso Camarena bebe Buchanan’s Deluxe con hielo, escucha una conferencia del presidente donde dice que están acabando con la violencia, que primero los pobres, que se acabó la corrupción, que van requetebién [guiño velado evidente al gobierno actual], que el nuevo sistema de salud es como el de Alemania y que no son iguales a los conservadores que gobernaron antes”.

La Sirena y el jubilado” es una lectura obligatoria en la narrativa mexicana para todo aquel que busque una historia policiaca o thriller bien contado, que quiera empaparse del verdadero teje y maneje en la política actual mexicana; sobre todo, de dar razón y entender cómo es que funciona nuestra inoperante democracia, en sitios donde gobernadores, presidentes municipales y lideres sindicales autoimpuestos, se transforman en señores feudales de la noche a la mañana.  

Quienes aquí se atreven a enfrentarse al sistema –Carmen como candidata y Néstor de Valle como el encargado de su seguridad–, sobreviven apenas a una batalla contra enemigos que los superan en número y en poder, bajo un juego electoral truqueado; el mensaje final del autor es esperanzador y loable –no rendirse jamás–; pero la tragedia en la narración de Mendoza, es que, al librar la batalla, les espera un camino aun más espinoso.

“…Carmen recibe abrazos. Se vuelve a Del Valle, que la mira desde la puerta. Debes olvidarte de tu jubilación. Néstor afirma sutilmente, dispuesto a morir en la raya. ¿Hay diferencia con otras formas de morir?”.

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