
Por Carlos Jáuregui
“Tenía esa belleza de la que sólo los vencidos son capaces.”
Alessandro Baricco
Es bien sabido que la historia la escriben los vencedores por derecho establecido dentro de los códigos militares; Julio César afirmaba que ley de guerra es que los vencedores traten a los vencidos a su antojo. Los textos históricos atestiguan sublimes relatos de conquistas castrenses y épicos héroes que enaltecen imperios: siempre hay un registro de la inmortalidad de la victoria, pero ¿quién rescata el testimonio del ejercito vencido?
Solo un autor único como David Toscana (Monterrey, 1961), con una pluma mordaz y fluida, es capaz de convencernos de que un inservible y derrotado ejército de ciegos son los héroes en su historia. Toscana usa su desbordada capacidad de crear personajes redondos para desvanecer el surco entre ganador y perdedor, entre la realidad y la ficción, y lo absurdo y lo humano, para amalgamar en una misma línea lo mórbido y lo gracioso.
Dentro de El ejército ciego (obra ganadora del Premio Alfaguara 2026), el regiomontano toma un aislado hecho histórico –una batalla de entre tantas en épocas de imperios– y se inventa una extraordinaria narración seriada, en forma de matrioska, de aquellos participantes que la historia olvidó y encuadró en un simple guarismo y dato histórico: un ejército de quince mil hombres a quienes les sacan los ojos y los envían de vuelta a casa. Toscana se da a la tarea de salvaguardar algo de honra y otorgar a cada uno de los ciegos su propia leyenda, en una especie de memoria histórica del anti-héroe que por igual genera en el lector incomodidad, admiración y lástima.
En el año 1014dC, el emperador bizantino Basilio II, cansado de los constantes ataques y rencillas de sus vecinos los búlgaros, logra hacerse de quince mil prisioneros una vez que atraviesa la muralla que protegía al imperio búlgaro, en la Batalla de Kleidion. El emperador –a partir de entonces apodado como Basilio el Matabúlgaros– ordena que, de los quince mil hombres, a noventa y nueve de cada cien, les saquen los ojos y al uno restante, lo dejen tuerto para guiarlos de vuelta a casa. Ahí termina el tétrico recuento histórico y comienza el torcido mundo de Toscana, quien, con absoluta maestría, a través de una potente narración entremezclando texto histórico, relato, fábula, leyenda y elegía, a través de su ficticio escriba, reconstruye la vida de aquellos desgraciados que vuelven a casa y que ahora son solo fantasmas inservibles, horror y humillación con ropas.
Kosoro, cronista de la historia, con humor incómodo y ácido, recuenta la condición inhumana de los vencidos –de ciegos, tuertos y decapitados por igual– a modo de tragicomedia que arranca carcajadas y que llega por momentos a un absurdo extremo. La incisiva narración de Toscana funge como entretenimiento, crítica social y un sin sentido ejemplar, como lo es la guerra misma.
“…habíamos perdido la cuenta de los días. Algunos decían doce; otros, nueve; otros, quince. Quizá los tuertos contaban mejor por ver aparecer y ocultarse el sol, solo que no nos hablábamos con ellos… ellos querían mandar, creyendo que en tierra de ciegos el tuerto es rey; pero entre nosotros, ellos eran los parias. Mucho se habla en las escrituras de los ciegos, pero a los tuertos no se les menciona. El tuerto es un ciego incompleto. No es frío ni caliente.”
Utilizando la ingeniosa técnica de relato enmarcado (en el formato de Las mil y una noches) el autor no da respiro al compartirnos minuciosamente, desde cómo exactamente se saca un ojo del cuenco, hasta actualizar con lujo de detalle, cada tragedia personal del ejército ciego: Premeld, pasa la vida creando muñecas de madera para compensar la pérdida de su hija pequeña; Aleksei, es secuestrado por una pareja de ancianos, quienes lo convencen de ser sus legítimos padres, para someterlo a trabajos forzados; Bromo transmuta en cerdo; Serafim pasa el resto de sus días buscando sus distintivos ojos color zafiro, Radislav el herrero y Yanko el arquero, se vuelve inservibles; Panteleimon el impertinente, sobrevive a todo para quedarse a manos vacías; Moskono, artista y comerciante lucra vendiendo canicas pintadas para disimular el horror de la ceguera; Igorón el gigante, estandarte del ejército de ciegos y el único sin sepultura digna o Bronimir, quien a su retorno solo es apto para fungir el papel de monstruo en casa. A cada uno de ellos Toscana lo torna en caricatura y leyenda:
“Milko llamó a sus dos hijas mellizas. Las tomó de las muñecas… ‘soy el bárbaro sin ojos, el que ve con el alma, el que todo lo ve… una de ustedes irá al convento; la otra parará al burdel’ … Siete días parecen muchos. El convento y el burdel. Siete días saliendo sus gritos y risa por la puerta cerrada… al entierro de Milko asistieron el archimandrita y el padrote para mirar bien a las hijas y elegir cual le tocaba a cada cual.”
El texto está magníficamente compuesto por un collage de historias que hacen guiño a los Cuentos de Canterbury de Chaucer o a La Antología de Spoon River, de Lee Masters, con una exploración crítica, profunda y agridulce. Desde el arranque, el escriba –un narrador homodiegético, omnisciente, absoluto y uno de los 15,000 soldados ciegos que retornan a casa– somete al lector a ver aquello que nadie quiere ver por voluntad propia: quienes mueren en batalla son honrados, mientras que quienes regresan derrotados, son apestados.
“Lo que más me preguntan es como quince mil hombres se dejaron sacar los ojos. No alcanza a ser una pregunta. Es un reproche. Su modo de tacharnos de cobardes… ‘Yo no lo hubiese permitido’. Se arman historias mentales. Siempre muy osados. En la taberna cualquiera es el más valiente. En las bravatas de taberna todos hubiesen hecho algo sobrehumano de haber estado en nuestra situación. Pero no estuvieron.”
Muy al estilo erudito del regiomontano, cada personaje e historia contiene su propia lucha, dimensionalidad y moraleja. La lectura no solo es entretenida, cadenciosa y mordaz, sino atrayente en la manera en que actualiza y conecta todas historias, otorgándoles una resolución no siempre satisfactoria. Desde el aprendizaje forzado para entender el mundo exclusivamente a través del tacto y del sonido, hasta los trágicos destinos de quienes no solo han perdido la visión, sino también personalidad y función social; y entonces, el chiste cruel se transforma en pesadilla: el escriba ya no puede tomar dictado, el lector se inventa historias a falta de poder leer los textos, el panadero, carpintero, herrero, malabarista y prácticamente todos quienes regresan a casa ya no son los que eran antes de partir, ahora son meros estorbos; se han convertido en vergüenza y en paradoja: ¿de qué sirve un ejército compuesto por ciegos?
El estilo narrativo que Toscana emplea en El ejército ciego es difícil de encasillar: es una fábula de la tragedia con mil aristas. Bajo un severo humor negro, ácido y culto, el texto arranca carcajadas a la par que fomenta el sadismo –como el impulso de detenerse a mirar un trágico accidente–, y también es leyenda, chiste cruel y dura crítica social hacia lo humano; hacia lo que entendemos que forma al humano: empatía, hermandad, justicia y ética. Es imposible no actualizar la lectura al hoy: a nuestras formas y gobiernos, a nuestra sociedad y a nuestro propio comportamiento en unos con otros; y esto es lo que hace el texto de Toscana excepcional.
Las distintas exploraciones literarias sobre la ceguera jamás habían sido tan detalladas y extremas (desde Sófocles, Sabato, Borges, Saramago, etc.). Ninguno de los relatos de El ejército ciego sobra y ninguno deja al lector indiferente: el repulsivo juego de Bo que los sobrevivientes inventan –el cual consiste en sentarse en círculo, llevarse un ojo humano a la boca y escupirlo en la dirección en la que se cree que no ha sido enviado anteriormente para hacer un punto–, la trágica historia de los treintaicuatro, quienes sobraron del grupo total de ciegos y tuertos y que no fueron ni cegados ni tuertos, sino decapitados de inmediato, para cuadrar las cifras, o la comicidad con la que Toscana ataca la condición de los amputados:
“Y los molineros aseguran que los ciegos son los mejores en el oficio de rodar la muela porque no llevan cuenta de las vueltas y nunca se marean.”
Toscana, siempre innovador en el terreno literario, logra lo imposible en El ejército ciego: hacer que la historia de los vencidos se vuelva más relevante que el hecho histórico en sí. El laureado autor se encarga de rescatar a los vencidos y darles una digna revancha poética:
“…porque los historiadores hablan de grandes cosas que a pocos interesan… no hablan del día en que nos metimos como niños al mar, ni aquella distante mañana en que los cuervos escarbaron nuestras cuencas… ni tienen noticia de aquellos ojos de sol y luna; no saben que un muchacho se libraba de la ira de su padre diciendo que tenía los ojos azules, no saben jugar al bo, ignoran la música que se hace con esqueletos, no hay testimonio de que algún judío viviera entonces en Bulgaria… y los ciegos habremos sigo excluidos de toda crónica y memoria porque nuestro alfabeto no es el que se usa para rezar.”